sábado, 20 de octubre de 2012

Una serie de catastróficas desdichas.


Antes de empezar tendríamos que situarnos para comprender el resto de la narrativa. Simplemente, el lunes 15 empecé un curso en la universidad para poder "trabajar" como auxiliar de mesa en baloncesto los fines de semana, es un "trabajo" sencillo que no lleva más de 8 horas en una misma semana y puedes sacarte un buen dinero. El curso tiene dos prácticas, el sábado 20 (hoy) una práctica del acta de partido -tanteo arrastrado- y el lunes 22 un examen general. La práctica del acta es en Alcantarilla, a las 9 de la mañana en un pabellón que está en ninguna parte y queda a tres infiernos de la estación de tren.
Una vez situados podemos comenzar con la historia, aunque aviso que será larga y tediosa, porque al ser un simple aprendiz de las palabras, aún no consigo cercar mis pensamientos y me extiendo como la mantequilla en verano.

Tengo una extraña enfermedad que me hace creer que el tiempo es el más próximo enemigo del Hombre y que jamás en la vida se llevarán bien. Como el perro y el gato, es una persecución continua; nuestra misión es matar el tiempo y la suya, la de matarnos a nosotros, pero creo que se está bien entre asesinos. Hay diferentes formas de prever el paso del tiempo, adelantarse y evitar su castigo; en mi caso suelo disponer de un gran margen y utilizo mi bicicleta. Anoche tras descubrir que el pabellón estaba en la otra jodida punta de Alcantarilla, decidí llevarme la bicicleta y recorrer los miles de kilómetros en un tercio del tiempo que me hubiera llevado ir a pie. Así podría coger el tren de las 8:11 (despertándome a las siete para prepararlo todo), llegaría a Alcantarilla a las 8:30 y a las nueve menos diez estaría en mi destino. Perfecto.
Meeeec, despertador, bostezo, enjugarme los ojos, buscar las zapatillas, ir a mear... pero había un olor en el ambiente muy familiar, un olor húmedo, la esencia de la madera mojada vino a mi mente como un rayo en una oscura y encapotada noche, con miedo abrí y miré por la tronera de la puerta. Mi perfecto plan se iba al garete por una densa lluvia que lo mojaba todo, sentí una especie de terror que me inundó desde dentro <<"No pensaste en la lluvia, idiota">>, pensé, no podía coger la bicicleta si no quería llegar calado hasta los huesos y si me iba andando no tenía la certeza de poder llegar a tiempo, ya que no conocía el lugar.
Con la frente pegada al cristal solo se me ocurrió mirar al cielo y echarle las culpas a Dios mientras maldecía mi mala suerte en el silencio, <<"Maldita sea la lluvia, maldito sea mi miedo a conducir, maldita sea la mala suerte de los desdichados, maldito sea el mundo de los vivos...">>. Pero algo detuvo mi rezo, un ronquido de mi padre me dio la única solución a mi problema, una solución sencilla: mi padre se despierta a las ocho y media, le explico lo que ha pasado, me dice que no pasa nada y en veinte minutos me acerca a Alcantarilla, llegando a tiempo para la práctica y perdonando a Dios. Pero...


Una vez sereno, bebo un vaso de agua y me meto en la cama, hasta entonces no me había dado cuenta pero  estaba helado, iba en calzoncillos y era una mañana de otoño. Me metí en la cama, me acurruqué entre las sábanas sin esperanza de volver a dormir, pero por si acaso puse el despertador para las ocho en punto. Pensaba en masturbarme para matar el tiempo, pero me quedé pensando en una cosa que es mejor soñarla y, al final, me dormí. Desperté antes de que sonara la alarma, la desconecté y me vestí, vaqueros y camiseta marrón y unas zapatillas de deporte. Eran las ocho y cuarto ¿debía de despertar a mi padre por si acaso? No, definitivamente la historia de mi vida me ha dejado claro dos cosas: la primera (y desgraciadamente no lo tuve en cuenta esta mañana) que por cada cosa buena que me pasa, me ocurren cinco malas; y la segunda que mi padre se despierta siempre a la misma hora un sábado. Así que esperé sentado en la cama, imaginé que tenía sexo con una amiga y tweeteé algo para matar al tiempo. Como un reloj ahí estaban las toses de mi fumador padre, ya había pensado qué iba a decirle, había sonado en mi cabeza tan sensato como lo era en realidad, así que no había problema; además es mi padre, soy su hijo y me quiere.

Me acerco a él cuando sale del cuarto de baño (dejé la tronera de la puerta abierta para que viera que estaba diluviando, un apoyo visual en mi cruzada) y le digo, textualmente <<"Padre, malas noticias, como está lloviendo no puedo irme en la bicicleta, por lo que no sé si llegaré a tiempo ¿me puedes acercar tú a Alcantarilla?">>. El tiempo se paró, entramos en un nivel de sueño al más puro estilo Inception  y pude ver a cámara lenta como se le inyectaban los ojos en sangre, como el mismísimo satanás subía desde lo más profundo del infierno y se metía en el cuerpo de mi santo padre para, a través de su boscoso bigote ancestral, bramarme millones de quejas en un tono no muy apropiado para esas horas de la  mañana y con un contenido verbal  muy poco apropiado para la educación de mi petición. Tras un <<"¡¿Tú te crees que aquí yo soy un chófer que tengo que dejar de hacer mis cosas para que tu puedas ganar una mierda de dinero, te crees acaso que puedo solucionarte tus problemas; crees por alguna razón que iba a llevarte a esa mierda para que tú ganes diez míseros euros...!?">>, con saliva a la cara incluida, siguió diciéndome barbaridades típicas de un troglodita excitado, pero yo no las llegué a escuchar, como pasa en algunas películas, dejé de atender, un ruido como en de las pantallas con "suciedad" llenó mi mente cuando me dí cuenta de que había confiando en mi padre y había perdido ¿cuántas veces se puede pensar eso sin llegar a preguntarse cuándo dejó de existir la filantropía? Allí, delante mía, tenía a un señor gritándome a la cara en cámara lenta mientras me preguntaba a mi mismo qué había hecho mal, y cómo coño había llegado a ocurrir eso si ni siquiera lo había concebido como una posible respuesta.  La desilusión había vencido a la rabia, no estaba enfadado.

Iba a llegar tarde, si cogía el tren de las 9:11 tendría solo treinta minutos para llegar, entre lluvia, antes de que empezara el partido. La bronca por no estar allí a las nueve sería enorme, pero no podía imaginar la bronca del secretario si llegaba una vez comenzado el partido. La cuestión: ¿correr por toda la ciudad y llegar empapado sin poder diferenciar entre agua y sudor o llegar elegantemente tarde, asumir la bronca, poner la mejor de las excusas y aceptar el suspenso? ¿Qué tal confiar en que amaine, darme bastante prisa y llegar antes de que comience el partido? Si, era plausible, podría confiar más en el tiempo que en mi propio padre.

Afortunadamente la estación está a 40 minutos de mi casa a un ritmo normal; me preparé la mochila corriendo, cogí dinero, me olvidé de desayunar, me puse el cortavientos, cogí un paraguas y, pasando de la, aún continuada, reprimenda de mi padre, salí por la puerta dando un sonoro portazo. No estaba enfadado, pero si podría hacer que mi padre se sintiera algo afectado. Estaba intentado recordar el plano que miré por la noche en Internet para saber el camino hasta el pabellón, también estaba intentado recordar el nombre de la calle, pero mi cabeza estaba ocupada por un rencor y, extrañamente y no sé explicar por qué me vino en ese momento, la idea de que debería de estar en el cine tocando una rodilla. Acordé pensar en aquello más tarde, podía preguntar cómo llegar al pabellón, sabía en nombre.


Pero la idea de llegar tarde me reconcomía por dentro, es otra de las enfermedades que tengo. Soy un ser bastante imperfecto. Pero tengo mi pequeña dosis de buena suerte, por la calle no había un alma, así que podía maldecir en voz alta aumentando la paranoia y, a su vez, la locura. Atravesando el parque de "La Cubana", ya con los pies mojados y los bajos del vaquero con un color más oscuro, veo a lo lejos un autobús <<"¡Claro, joder!">>, dije en voz alta, el maravilloso y oportuno bus Lorca-Murcia, entre esas ciudades, además de mi hogar, se encuentra Alcantarilla y, como lo he cogido otras veces, sé que para muy cerca de la zona donde está el pabellón. La alegría del momento a poco me juega una mala pasada al eclipsarme la idea de que el autobús no espera a los pasajeros, cierro mi paraguas a toda velocidad y empiezo a correr, faltaban unos 200 metros nada más, iba a conseguirlo. <<"No me lo puedo creer, la potra del siglo">> pensaba mientras corría; llego con el pelo mojado y resbalando a la puerta del bus, me agarro a él para no pasarme de frenada y casi sin aliento le levanto el dedo al conductor como queriendo decirle "no te vallas, por favor"; subo dos peldaños y, ya sea por cortesía, costumbre o porque el mismísimo diablo me metió la mano por el culo como si fuera una marioneta, se me ocurre preguntar "para usted en Alcantarilla ¿verdad?" la respuesta: "No, los fines de semana hay otra combinación...". Escucho como mi corazón se rompe en miles de pedacitos, el infarto deforma mi rostro, los ojos se me oscurecen; sin decir palabra alguna, me doy la vuelta y bajo del bus, abro mi paraguas. Para ser más original estaba intentando pensar en el opening de "Blade: The Edge of Darkness" un videojuego de 2001 con un comienzo tétrico que definía muy bien mi situación en aquel momento, rezaba algo como:
'La luna se teñirá de sangre; el sol se oscurecerá; la tierra será cubierta por las aguas; de sus puestos en el firmamento las fúlgidas estrellas se desprenderán, el fuego y el humo ascenderán a lo alto y chocarán contra el propio cielo'
Precioso.  Pero no recordaba nada y el tick en el ojo empezaba a ponerme nervioso así que me limité a respirar, apretar el puño que no sostenía el paraguas y a decir en bajito "joder, coño". Miré la hora y faltaban veinte minutos para que saliera el tren, llegaría en diez a la estación a no ser que Dios me mandara un oso pardo de 300 kilos para que me matara, porque la única cosa que podía evitar que cogiera ese tren era la muerte y Dios sabía que tendría que bajar él mismo y quitarme la esperanza de mis frías y ateridas manos muertas. Oremos.
Todos pensaréis: "coge ese bus hasta Murcia y luego ve en urbano hasta Alcantarilla que está a un tiro de piedra y ganas algo más de tiempo", bien, yo también pensé eso y cuando levanté la cabeza como gesto de tener una buena idea pude ver como el bus pasaba a mi lado. Me dieron ganas de fumar, lo prometo. En esos diez minutos pensé en mi padre, más concretamente en los padres de los demás; me venía a la mente cualquier otro, que si hubiera llevado a su hijo. Esa idea me puso muy triste, siempre me pone triste porque llevo pensándola desde que tengo uso de razón. Siempre he sentido envidia por los demás niños, en el colegio porque sus padres los acompañan a este y les daban besos cuando los dejaban, y también los recogían al acabar las clases, con algún dulce o zumo. Esa imagen me producía mucha pena <<"¿Por qué yo no?">>, me repetía cada día; ahí aprendí el significado del auto-engaño, pensaba que mis padres me dejaban más "libertad" porque yo era muy maduro para mi edad y podía valerme solo, pero, aunque fuera verdad, una persona no puede auto-amarse, necesita el amor de otras, al menos, yo sí. Todos estos pensamientos llenaban mi mente, de vez en cuando miraba el reloj, cambiaba de pensamiento y de mano que sostenía el paraguas. Llegado un momento decidí que por todo lo que me había pasado tenía permiso para pedirle una cosa al Universo, pedí que si conseguía subir al tren, llegar lo antes posible al pabellón y que no hubiera empezado aún el partido, tener al menos un minuto en el cual mi lengua fuera ágil para poder explicar mi retraso -y mi retraso-, un minuto para plantarme delante de secretario, decirle mi excusa, sentarme en mi sitio y prepararme para rellenar el acta. Un minuto.

Es curioso cómo funciona la mente humana, capaz de recordar hasta el más pequeño detalle y guardarlo para siempre, está ahí en lo más profundo de nuestro subconsciente, ordenado en gigantescos archivadores. Realmente es curioso como funcionan los recuerdos, piensas un momento en algo que quieras recordar, al principio está todo difuso e incluso puede ser inventado, pero es como si una mano buscara en esos archivos, cuanto más tiempo pienses en ello, más tiempo busca la mano hasta encontrar el recuerdo y cuando lo hace, instantáneamente empiezas a recordar todo tipo de cosas relacionadas con ese recuerdo, imágenes, detalles, olores, sabores... hasta el más insignificante fragmento. Pero hay otra forma de recordar algo, a veces un recuerdo se escapa del archivador y como una centella ilumina tu mente en medio segundo, en esta historia, esa centella que iluminó mi mente a escasos veinte metros de la estación de trenes llevaba como cabecera:
'Recuerda que los findes el tren de las 9:11 no pasa' 
Bravo.
No sé como expresar lo que sentí en ese momento. Al principio no confié en ese recuerdo, pero me hizo dudar lo suficiente como para que fuese a mirar los horarios en el tablón, como faltaban diez minutos para que llegaran los supuestos trenes no había nadie, cosa que no me extrañó. Mientras iba andando hasta el tablón empecé a escuchar los latidos de mi corazón en mis oídos, quizá se estaba preparando para que guardara mi rabia otra vez o quizá eran imaginaciones mías. Me paro frente al tablón, dirijo mi vista hacia Águilas-Murcia del Carmen, bajo la vista unos centímetros y ahí veo el horario de mi amado tren, también me fijo en la (a) que hay a un lado, en la misma fila, una (a) que significa: Circula de lunes a viernes excepto festivos. "¡Crac!".

Cuando vayas a leer este párrafo, imagínate todo lo que describo a cámara lenta, pues yo lo viví de ese modo. El paraguas se me resbaló de la mano y cayó al sueño, apreté los puños con tanta fuerza que se convirtieron en dos piedras lapidarias, abrí la boca y rugí con tanta furia que los pájaros que habían en los árboles salieron volando asustados, dirigí mi grito desesperado al cielo y empecé a golpear el tablón de los horarios. No me lo podía creer, era el mayor de los idiotas, un idiota cuerdo que golpeaba más fuerte con la izquierda porque necesita la derecha para escribir. Un idiota pagando su mala suerte contra un objeto y gritándole a Dios que era el mayor hijo de puta de la historia. Iba de un lado para otro lanzado maldiciones y   bailando los puños como un niño pequeño, no cabía en mis cabales. Los ojos se me inundaron de lágrimas a causa de la rabia y la impotencia acumuladas. Pero aquello no era todo, por si hubiera algún un maleficio que hubiera engañado a mis ojos, miré una y otra vez el horario hasta que mi cerebro entendió que era lo correcto, pero me fijé en una cosa más, el tren llegaba a Alcantarilla a las 9:29, había calculado media hora de camino, no podía ser cierto ¡ahí estaba el minuto que le había pedido al Universo! Mi puñetero minuto servido en bandeja de plata. La carcajada se apoderó de mi como la paranoia de un loco conspiratorio, no podía parar de reír, era como si el cosmos entero se estuviera riendo de mi, cada estrella, cada firmamento, cada planeta, astro o polvo estelar me señalaba con el dedo y soltaba un risotada que retumbaba en todo el techo espacial. Y yo reía con ellos. Reía de una forma exagerada, si alguien me hubiera visto, hubiera pensado que estaba loco, un hombre empapado sujetándose las sienes, riendo sin parar con una sombría carcajada y con un paraguas abierto tirado a su lado en un escenario de una estación fantasma. 

Me calmé pasados unos minutos, era cierto, el tren no pasó. Cogí mi paraguas y le pregunté a Dios que "¿por qué no me partía en dos con un rayo?" <<"Si quieres me pongo cerca de ese gran árbol, así te será más fácil apuntar y acertar">> le dije. Tardé más de una hora en volver a casa, estaba empapado, triste y los coches que pasaban por mi lado no aminoraban y me mojaban más los pies con el agua que salpicaban, <<"Gracias">> decía cada vez que me mojaban. Es cierto que pensé más en esos diez minutos que tardé en llegar a la estación de trenes que en esa larga hora que tardé en llegar a mi casa, creo que se debía a que la tristeza, al desilusión y el sentirme un fraude era ya suficiente para mi cerebro. Ya no estaba enfadado, ni con Dios, ni con el Universo, ni con mi padre; tampoco me quería morir. Recordé aquel deseo que tengo desde pequeño, el deseo de formar una familia en un futuro, mi mayor sueño. Por eso no quiero morir, porque ese deseo de cumplir mi sueño y, en un futuro, el propio amor que sentiré por mi familia, me hacen comprender que la muerte no es una opción.

No os preocupéis, he escrito esto durante esta mañana, al principio aún estaba consternado pero al final incluso me reía de todo. Perdonadme, también, alguna falta que se me haya podido escapar.